Tras un uso generalizado y casi indiscutible de la palabra “videojuego” en el argot cotidiano, casi desde los mismos orígenes del fenómeno, se plantea la posibilidad de que el término sea tanto limitado como erróneo. Explorando brevemente tanto antecedentes históricos como definiciones estrictas, se plantea en esta disertación la posibilidad de una revisión etimológica.
Conversaba con la hija de
una amiga sobre su trabajo en una agencia productora multimedia ubicada en
Vancouver, Canadá. Me comentó de un proyecto que llevaron a cabo para la marca
de vehículos BMW. Se trata de una aplicación móvil que busca promocionar un
nuevo modelo de automóvil tipo sedán. Incluso tuve la oportunidad de probarla
en su celular. El concepto de la aplicación es una serie de videos interactivos (incuso aplicando la tan en boga
tecnología experimental del video 360°) que brinda la al usuario la experiencia
de estar dentro del vehículo, al volante. Al mismo tiempo, un presentador televisivo
(muy popular por esos lares, según ella) va sentado de copiloto y no sólo
pareciera hablarnos, sino que brinda toda una serie de retos y misiones que debemos cumplir manejando el carro a lo largo
de un video continuo recorriendo la ciudad.
Me pareció genial y le
comente a la chica que en esencia era
como un videojuego. Me contestó que “sí, algo así”. Algo así. Se me ocurrió
entonces que, capaz, había usado por
primera vez de manera correcta el término videojuego. Video – juego o video
jugable. La aplicación era precisamente eso, videos, que grabaron, registraron,
acción en vivo con cámara, que a su vez, gracias a una impresionante
convergencia de tecnologías y proyección de posibilidades, permitían una
interactividad lúdica. Sin embargo me llevó a cuestionarme entonces ¿ha estado siendo mal utilizado el término
videojuego desde sus inicios? ¿Fue lo que experimenté con esa aplicación
algo diferente a lo que ha sido Pong, Space invaders, Pacman o Donkey Kong?




